Dostoievsky se levanta una mañana, alegre, iluminado, y se dice: “¡Lo tengo! La segunda parte de los Karamazov será una tierna comedia de final feliz. Comenzaré esta misma tarde. Ahora, compraré los diarios y desayunaré".
Ese mismo día, un poco más entrada la mañana, Dostoievsky muere, atragantado con una medialuna.